Robert E. Hall y Michael Woodford recibirán en diciembre, en Estocolmo, el Nobel de Economía por explicar algo que cualquier tendero intuye. La gente no espera a que suban los precios para reaccionar. Se adelanta. Hogares y empresas deciden hoy con lo que creen que pasará mañana. En Colombia, donde la inflación volvió a subir, esa idea ayuda a entender lo que ocurre.
Durante décadas, si la economía se frenaba, el Estado gastaba más, y recortaba cuando se recalentaba. La receta, inspirada en Keynes, funcionó hasta los años setenta, cuando los choques del petróleo trajeron inflación y estancamiento al mismo tiempo. Los modelos de entonces cruzaban grandes cifras, como el dinero en circulación y los precios, sin preguntarse cómo decide la gente. Hall y Woodford los rehicieron desde la conducta de familias y empresas, y así trabajan hoy bancos centrales y gobiernos en todo el mundo.
Hall estudió cómo gastan las familias. Lo que pesa, concluyó, no es tanto lo que se ganó el mes anterior como lo que se espera ganar en los próximos años. Por eso una bonificación única mueve poco las cuentas de un hogar y un aumento permanente sí las cambia. Sus críticos recuerdan que mucha gente se gasta de inmediato cualquier ingreso extra. Aun así, la tesis se impuso.
Woodford hizo lo mismo con la política monetaria. Su libro Interest and Prices, de 2003, se volvió el manual de muchos banqueros centrales. Allí mostró que una tasa de interés sirve más cuando el público entiende hacia dónde va y por qué. Si un empresario cree que el Emisor no va a tolerar un brote de inflación, no tiene razones para subir precios por adelantado, ni los trabajadores para exigir aumentos que la alimenten. Un banco central al que le creen puede lograr lo mismo con tasas más bajas.
No todos están de acuerdo. Kevin Warsh, presidente de la Reserva Federal, dejó de lado las herramientas con que sus antecesores guiaban las expectativas y cree que algo de incertidumbre es saludable. En parte tiene razón. Tras la pandemia y las guerras en Ucrania y Oriente Medio, prometer una ruta para las tasas se volvió una apuesta. Pero esa crítica apunta a las promesas. Que el público crea en la meta de inflación es otro asunto, y ese no tiene discusión.
Colombia ya vive lo que pasa cuando las expectativas pierden su ancla. La inflación llegó a 6,29% en septiembre, según el Dane, la mayor desde julio de 2024. Los analistas prevén que cierre 2026 por encima de 6,8%, más del doble de la meta de 3%, y el Banco de la República subió su tasa a 12,25% con una junta dividida. Cuando la gente deja de creer que la inflación volverá a la meta, bajarla exige tasas altas durante más tiempo. Las pagan quienes piden crédito para comprar vivienda o ampliar un negocio. Y como aquí los arriendos y buena parte de los salarios se ajustan con la inflación del año anterior, cada punto que se cuela este año reaparece en el siguiente.
La primera prueba será el salario mínimo de 2027, cuya negociación ya comenzó. Un reajuste muy por encima de la inflación y la productividad le diría al país que la meta del Emisor es decorativa. Al Gobierno, que prometió un ajuste fiscal en tres fases, le toca demostrar con cifras que va en serio. Hall contó que ante cada idea propia se preguntaba si era nueva, si era correcta y si importaba. A quienes manejan la economía colombiana les bastaría con la tercera. Cada anuncio que no se cumple le enseña a la gente a no creer en el siguiente, y eso al final se paga en tasas.
JOSÉ CAPARROSO
Artículo basado en información de portafolio.co



