En mayo, la actividad económica crecía a un ritmo anual de 4,3%. En agosto dejó de crecer. El indicador mensual de actividad del Dane cayó 0,04% frente a agosto de 2025. Parte del golpe se explica por el terremoto del 10 de agosto, pero el freno venía de antes. En julio el crecimiento ya había bajado a 1,1%.
Entre enero y agosto la economía avanzó 2,27%, menos que el 2,62% del mismo periodo de 2025. El FMI proyecta 2,2% para este año y apenas 2,3% y 2,4% para los dos siguientes.
Las bases del Plan de Desarrollo proponen llevar el crecimiento hasta 6%, una aspiración de mediano plazo que valdrá la pena si se traduce en empleo, en menos pobreza y en oportunidades. El problema está siendo el punto de partida, una economía que hoy pierde fuerza.
Importa de dónde sale el crecimiento que hay, ya que en agosto cayeron cerca de 3% tanto el agro y la minería como la industria y la construcción, y en el año estas dos últimas apenas suben 0,1%.
El renglón más dinámico suma administración pública, salud, educación y entretenimiento, con 6,5%, un grupo muy ligado al gasto estatal. Los sectores que producen bienes no avanzan y buena parte del impulso parece venir del presupuesto.
Ese motor tiene un límite, porque según el FMI, Colombia cerrará el año con un déficit primario de 3,4% del PIB. Es decir, aún antes de pagar intereses, el Estado gasta más de lo que recauda.
El Fondo proyecta que la deuda bruta pase de 59,5% del PIB este año a 65,1% en 2028. Y pese a ese déficit, la economía se frenó.
Ahora que el Gobierno busca respaldo financiero del FMI, conviene escuchar lo que el FMI ya está diciendo. Su mensaje es que el déficit y las necesidades de financiamiento son muy grandes, que la deuda viene subiendo y seguirá haciéndolo, y que es hora de quebrar esa tendencia y empezar a reducirla.
Hacerlo es más urgente ahora, porque las tasas de interés más altas en las economías avanzadas se trasladan a los emergentes y encarecen lo que paga el Gobierno por endeudarse.
Si la deuda sigue creciendo, los intereses también, y ese pago desplaza gasto en salud, educación, inversión pública y asistencia social.
Si empieza a bajar, los inversionistas se tranquilizan, el costo de la deuda cae y queda espacio para infraestructura, capital humano y asistencia social.
El tipo de apoyo aún no está definido, y eso cambia la forma, no la exigencia. Un programa tradicional traería metas fiscales y revisiones periódicas.
Una línea flexible como la que tuvo el país no impone condiciones posteriores, pero exige fundamentos sólidos para acceder, y en 2025 el FMI la suspendió por sus dudas fiscales.
En ambos casos, el Fondo querrá ver un plan creíble de mediano plazo que ponga la deuda en una senda descendente.
Se dirá que ajustar el gasto cuando la economía se frena puede enfriarla más. El argumento es serio, y el propio FMI reconoce que el ajuste fiscal moderará la demanda interna en Colombia.
Pero no hacerlo cuesta. Cada año de deuda más cara deja menos recursos para lo que sí empuja el crecimiento y más dudas en quienes le prestan al país.
Más gasto financiado con deuda no va a acelerar la economía. Si se acelera, será con inversión privada, que depende de la confianza, como han insistido desde la Andi.
El Gobierno debería convertir su estrategia fiscal en un plan con metas verificables y asumirlo como la base de su política de crecimiento, no como el precio de un crédito.
Si se quiere crecer bastante más que hoy, el primer paso es que la deuda empiece a bajar.
JOSÉ CAPARROSO
Artículo basado en información de portafolio.co



