Un Estado que avanza sin su sector empresarial se condena a reformas incompletas y a un crecimiento frágil.
En Colombia, la relación entre el Gobierno y el sector empresarial urge una recomposición que permita superar la desconfianza acumulada en los últimos años.
La falta de diálogo, cambios repentinos en reglas y mensajes que han estigmatizado al que produce han deteriorado un clima que debería estar orientado a la cooperación.
Reconstruir esa relación no significa renunciar a las reformas ni desconocer los desafíos sociales, sino entender que la estabilidad y el crecimiento dependen de instituciones sólidas y de una conversación franca entre quienes toman decisiones y quienes generan empleo. El empresariado, lejos de ser un actor pasivo, es un pilar de la democracia económica y un referente en la construcción de desarrollo.
Donde algunos ven intereses particulares, hay una historia de riesgo, inversión y perseverancia que sostiene millones empleos. Penalizar o sospechar sistemáticamente del sector productivo solo agrava la incertidumbre cuando el país debe recuperar la confianza, atraer capital y fortalecer la generación de oportunidades.
Colombia enfrenta una coyuntura desafiante: tensiones fiscales, brechas sociales, problemas de seguridad, retos en salud y una transición energética que exigen claridad. Ninguno de estos frentes puede resolverse sin la participación activa de quienes producen.
Un Estado que avanza sin su sector empresarial se condena a reformas incompletas y a un crecimiento frágil. Por eso es vital un nuevo marco de entendimiento basado en reglas estables, seguridad jurídica, incentivos claros y una visión compartida de largo plazo. Recomponer esta relación es también una invitación a construir consensos duraderos, no mayorías temporales.
Los países que prosperan lo hacen respaldando a quienes generan riqueza y empleo, mientras que quienes desconfían de su propio empresariado terminan atrapados en la parálisis. Colombia debe apostar por la cooperación y no por la confrontación.
Una relación renovada entre Gobierno y empresas permitiría crear un ambiente más predecible, impulsar la inversión y abrirle espacio a una economía más dinámica. Es hora de dejar atrás la retórica polarizante y asumir que el desarrollo requiere corresponsabilidad.
El Gobierno debe reconocer el valor estratégico del sector productivo y los empresarios deben participar de manera constructiva en la agenda nacional. Solo así el país podrá consolidar un rumbo estable, proteger el empleo y avanzar hacia una prosperidad sostenible que beneficie a todos.
Para avanzar de forma consistente ambas partes necesitan retomar canales institucionales de diálogo que permitan resolver diferencias sin caer en la descalificación. La confianza no se impone: se construye con gestos, coherencia y resultados.
El Gobierno debe ofrecer señales claras sobre la estabilidad normativa y el respeto a la iniciativa privada, mientras que los empresarios deben reafirmar sus compromisos con prácticas responsables.
Esta reconciliación no solo favorecería la economía, sino que enviaría un mensaje poderoso de unidad en tiempos de fragmentación política. Un país que articula sus esfuerzos entre Estado y sector productivo se encamina hacia un desarrollo más equilibrado, inclusivo y sostenible, capaz de enfrentar sus retos sin renunciar a crecer y a mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.
Mujica lo decía muy bien: un socialismo pragmático que entiende que sin inversión privada no hay empleo ni equidad sostenible. Reforzar esta cooperación permitiría que Colombia proyecte estabilidad, mejore su competitividad y consolide una narrativa de progreso compartido.
JAIME PUMAREJO HEINS
Información extraída de: https://www.portafolio.co/opinion/editorial/hora-de-soldar-fracturas-486735
Información extraída de: https://www.portafolio.co/opinion/editorial/hora-de-soldar-fracturas-486735



