Como si los motivos de preocupación que existen en el mundo no fueran suficientes, ayer un banquero que sabe de lo que habla se encargó de recordarles a los inversionistas que hay otro gran peligro a la vista.
Quien lo hizo fue nadie menos que Jamie Dimon, la cabeza de JP Morgan Chase a lo largo de las pasadas dos décadas y quien es considerado uno de los principales voceros del sector.
Según lo dijo el ejecutivo estadounidense en la carta que le escribe anualmente a los accionistas de la entidad a su cargo, el relajamiento en los estándares de otorgamiento de créditos conducirá a pérdidas significativas en los años por venir.
No se trata solo de inquietudes derivadas de un clima económico más desafiante, sino de haber bajado la guardia ante los riesgos.
Semejante advertencia es inquietante a la luz de las estadísticas disponibles.
El total de las acreencias a nivel global se calcula en más de 320 billones (millones de millones) de dólares, es decir cerca del triple del Producto Interno Bruto del planeta.
Ese nivel de apalancamiento es el más elevado en la historia de la humanidad, incluso cuando se tienen en cuenta periodos atípicos como la Segunda Guerra Mundial.
Del total mencionado, una tercera parte corresponde a los Estados y el resto a los particulares.
Ante unas cargas de la magnitud citada, el margen de maniobra para enfrentar eventuales crisis es muy limitado.
Por ejemplo, ahora que las preocupaciones por el alza en los precios del petróleo están a la orden del día y diferentes gobiernos tratan de mitigar el mayor costo de los combustibles para evitarse turbulencias sociales, es poco lo que se puede hacer.
Todavía menor es la capacidad de poner en marcha programas de estímulo, en caso de que el crecimiento económico sufra debido al salto de los hidrocarburos. Repetir apenas una fracción de lo que se logró conseguir cuando tuvo lugar la pandemia es a todas luces imposible.
Pero el asunto que más inquieta a Dimon es que la cartera mala empiece a aumentar de tamaño con mucha velocidad. Algo de ese estilo podría a prueba la solidez patrimonial de múltiples instituciones de crédito, si en su momento no fueron exigentes en lo que atañe a aplicar pruebas ácidas antes de autorizar un desembolso.
No es la primera vez que las alarmas se encienden, pero en la presente ocasión hay factores adicionales que merecen ser tenidos en cuenta. Uno de ellos es que resulta factible que la inflación vuelva a repuntar no solo por cuenta del cierre virtual del estrecho de Ormuz, sino por las afectaciones asociadas a los que pasa en el Medio Oriente, que se extienden a los fertilizantes o ciertos gases clave para la producción de microprocesadores.
Como es de imaginar, un acelerón de los precios dejará a múltiples bancos centrales en un dilema muy difícil de resolver.
Por un lado, la exigencia de usar las herramientas a su alcance para ponerle coto a la carestía, algo que incluiría alzas en las tasas de interés.
Por el otro, el temor de que un mayor costo del dinero se traduzca en un volumen de impagos difícil de manejar, dando origen a una especie de círculo vicioso.
No hay duda de que el peligro a la vista será uno de los asuntos urgentes que deberán tratar los delegados a las reuniones de primavera del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional que deberán congregarse en Washington a finales de esta semana.
Aunque habrá llamados a mantener la cabeza fría, es evidente que el ambiente dista de ser propicio para quien desee enviar mensajes tranquilizadores.
JAIME PUMAREJO HEINS
Artículo basado en información de portafolio.co



