La mesa permanente

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Iván Trujillo, CEO de Grupo Trinity, lo dijo esta semana en Portafolio con una claridad poco común: un país no lo construye únicamente el presidente de la República.

La frase, pensada para infraestructura, aplica a todo. Si algo debe aprender el empresariado colombiano del cuatrienio que termina es que la patria milagro, si existe, no se hereda de un cambio de gobierno: se construye con la gente, con trabajo coordinado.

Colombia eligió un gobierno que quiere ser aliado del sector privado y recuperar soberanía energética acelerando la transición hacia renovables.

La intención es clara. Pero la historia enseña que la diferencia entre un buen gobierno y una transformación real la pone la coordinación del sector productivo, no la sola voluntad del Ejecutivo.
Irlanda es el ejemplo más citado y el más útil.

En 1987, con una deuda pública de 160% del PIB, el gobierno, los gremios y los sindicatos firmaron el primer Social Partnership Agreement: un pacto tripartito con moderación salarial a cambio de menores impuestos y estabilidad de precios.

No fue una imposición del Estado, sino una negociación renovada cada tres años durante dos décadas.
El déficit público cayó de 10,7% del PIB en 1986 a 1,7% en 1994, y ese acuerdo sentó las bases del llamado Tigre Celta.

La lección no es la austeridad: es que la previsibilidad se construye entre actores, no se decreta.
En energía, Uruguay ofrece el espejo más cercano.

En apenas una década pasó de una matriz vulnerable a generar más del 90% de su electricidad con fuentes limpias, con subastas competitivas que atrajeron cerca de 3% del PIB anual en inversión público-privada.

El Estado convocó; el capital privado ejecutó. Colombia enfrenta hoy un déficit de gas que podría superar el 39% de la demanda este año, según Andesco, y tiene en La Guajira y el Caribe el mismo viento y sol que Uruguay convirtió en ventaja. Falta la misma arquitectura de confianza regulatoria.
El contexto externo ayuda.

Con un dólar más débil, JP Morgan y BlackRock coinciden en que América Latina vuelve al radar de los grandes fondos, ya no como apuesta genérica sino por historias nacionales en minerales, nearshoring e infraestructura energética.

Esa ventana no es eterna: exige que alguien, del lado colombiano, diseñe la oferta de inversión con reglas claras y coberturas cambiarias, que ya existen en otros mercados de la región.

Aquí es donde el empresariado debe decidir si repite el error de la década pasada o rompe con él. Durante años, buena parte del sector privado actuó como espectador entre ciclos electorales, esperando que cada gobierno de turno resolviera lo que solo se resuelve con trabajo sostenido de todos los actores.

Esa lógica de la velita cada cuatro años, con la esperanza de que si sale mal alguien más lo arregle, es justo lo que Irlanda y Uruguay demuestran que no funciona.

Lo que funciona es la mesa permanente: gremios, gobierno, academia y sociedad civil negociando una agenda de largo plazo que sobreviva a cualquier presidente.

Eso significa, en concreto, que los gremios deberían proponer ya una hoja de ruta y de compromisos que no dependa del calendario electoral, con metas verificables cada tres años, como el modelo irlandés.

Significa convocar a la ciudadanía a ese diálogo, no solo a los ministerios.
Significa entender, como dijo Trujillo, que la prosperidad es resultado de decisiones acertadas, confianza e inversión trabajadas en conjunto, no de la buena voluntad de un solo actor.

JAIME PUMAREJO HEINS


Artículo basado en información de portafolio.co

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