El deterioro de la situación en el Medio Orien-te ha disparado el precio de los hidrocarburos.
Mientras ayer en Colombia las conversaciones de los ciudadanos giraron en torno a los resultados de las elecciones del 8 de marzo, en las principales capitales financieras la preocupación era otra.
Y es que desde primeras horas comenzó una escalada alcista en el precio del petróleo que llevó el barril de crudo hasta los 119 dólares, su nivel más alto desde 2022.
Si bien con el avance del reloj las cosas empezaron a calmarse, especialmente después de que los países que componen el Grupo de los Siete sacaron un comunicado sobre la disposición a liberar inventarios si es necesario, el nerviosismo sigue a la orden del día.
El motivo no es otro que la prolongación de las hostilidades en el Medio Oriente, que compromete tanto a Irán como a sus vecinos.
Más que entrar a debatir las razones esgrimidas por Estados Unidos e Israel cuando decidieron atacar al régimen de los ayatolas, el mensaje central es que se ha creado una crisis sin que exista aquello que se conoce como “una estrategia de salida”.
Aparte de debilitar militarmente a un adversario que, directa o indirectamente, ha sido motivo de desestabilización en la zona, falta un norte preciso. Como consecuencia el peligro es que se incuben nuevas violencias.
En el entretanto, los iraníes han emprendido una especie de guerra de desgaste que comprende privar al resto del planeta del petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz y atacar las instalaciones de extracción y refinación de hidrocarburos en lugares como Kuwait, Catar o Arabia Saudita.
Ante las amenazas y los atentados de los que han sido víctimas una decena de embarcaciones, el costo de las pólizas de seguros está disparado.
Debido a ello, el tráfico de grandes tanqueros aguas arriba del Golfo de Omán prácticamente se ha detenido, con lo cual millones de barriles de crudo y pies cúbicos de gas natural licuado no han podido llegar a su destino.
Hasta el momento, todavía existe capacidad de almacenamiento para guardar lo que es imposible de exportar. Pero en cuestión de días los campos en producción deberán cerrar sus válvulas. Reversar cualquier parón toma tiempo, por lo cual los analistas saben que si no llega una solución rápida la anómala realidad actual se puede prolongar durante meses.
Debido a ello, cada vez más especialistas ven factible que el barril de crudo se dispare a US$150 o incluso US$200 en un tiempo relativamente corto.
Resulta obvio decir que hay voluntad de usar las reservas acumuladas, si fuera necesario, ayuda. Pero ni siquiera ese ahorro serviría del todo en caso de que las hostilidades y los daños persistan en esta zona estratégica para el suministro global de energéticos.
En medio de tales circunstancias, Colombia está obligada a hacer las sumas y restas del caso. No hay duda de que un petróleo más caro le beneficia, aunque parte de esos mayores ingresos previstos se irán a comprar un gas más costoso debido a la pérdida de la autosuficiencia del compuesto.
Pero también hay que examinar el espinoso tema de los precios de la gasolina, que bajó $1.000 en los últimos dos meses, pero que debería subir hasta en casi 6.000 pesos el galón si la proyección del barril a US$150 acaba siendo cierta. Por eso es mejor prestar atención al asunto, así las cábalas políticas ocupen por estos días el foco de la atención de la ciudadanía.
Jaime Pumarejo Heins
Información extraída de: https://www.portafolio.co/opinion/editorial/coletazos-de-una-crisis-489716
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