Si a Colombia le cuesta ver la oportunidad, otros actores globales la capturarán.
La conversación sobre Venezuela suele quedarse atrapada en la política. Hoy conviene cambiar el lente: para Colombia es, sobre todo, una oportunidad económica. Empresarios de industria, comercio y logística ya hablan de señales de reactivación y de un retorno gradual de la inversión y las cadenas de valor binacionales.
El mercado venezolano sigue teniendo potencial y, aunque la recuperación será lenta, empieza a abrir espacios para crecer. A esa realidad se suma otra señal: el mundo está releyendo a Venezuela en clave estratégica.
En Washington se habla de conversaciones relacionadas con minerales críticos y de la necesidad de asegurar suministros en una economía cada vez más definida por energía, tecnología y geopolítica.
Si a Colombia le cuesta ver la oportunidad, otros actores globales no dudarán en capturarla. Y mientras tanto, Guyana acelera. Su boom petrolero ya la proyecta como una de las economías de mayor crecimiento del hemisferio y en pocos años habrá superado considerablemente a Colombia en ingreso por habitante.
Ignorar a ese vecino sería renunciar a una frontera económica que pronto será decisiva para el Caribe y el Atlántico. El punto no es escoger bandos ni reducir la discusión a simpatías políticas entre gobiernos. El punto es construir mercado. Colombia exporta poco para su tamaño y su ambición. Apenas supera los US$1.000 por habitante en exportaciones, muy lejos de países como Costa Rica o Chile, que superan con facilidad los US$4.000 debido a estrategias más consistentes de integración productiva y apertura comercial. Aquí aparece una lección que América Latina suele olvidar.
Se habla mucho de diplomacia política, de afinidades ideológicas o de disputas entre gobiernos. Pero en la historia de las naciones la diplomacia que realmente transforma países es otra: la diplomacia económica, la de la inversión, la del desarrollo productivo conjunto. Es esa la que crea cadenas de valor, integra mercados laborales, moviliza capital y construye relaciones duraderas entre sociedades. Venezuela y Guyana pueden ser la palanca para que Colombia corrija su debilidad exportadora.
Pero se logra con reglas regionales serias: aduanas interoperables, estándares técnicos comunes, mecanismos financieros para facilitar pagos e inversión, seguridad jurídica para los contratos y marcos laborales que permitan que el talento humano se movilice con eficiencia entre países. Implica infraestructura y logística que hagan competitivo el comercio formal y sistemas digitales que reduzcan costos y tiempos. Sin esas condiciones la integración seguirá siendo un concepto político y no una realidad económica.
Si Colombia acompaña a sus empresas a volver a Venezuela y a conectarse con el auge de Guyana, no solo crecerán las exportaciones. Crecerán el empleo formal, la sofisticación productiva y la capacidad de atraer inversión. Venezuela, si logra estabilizar su economía en la próxima década, puede volver a ser un socio comercial fundamental.
Guyana, por su parte, será uno de los mercados más dinámicos del continente. Colombia tiene ventajas claras: tejido empresarial sólido, instituciones financieras con experiencia regional y una ubicación que conecta el Caribe con el Pacífico. Si elegimos bien y acompañamos al sector privado en esta apertura, el país podría estar frente a los próximos veinte años más prósperos de las últimas décadas.
JAIME PUMAREJO HEINS
Información extraída de: https://www.portafolio.co/opinion/editorial/diplomacia-comercial-489432



