Efectos de largo plazo

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La jornada de ayer en los mercados internacionales volvió a tener la impronta de la volatilidad. Tras un arranque al alza del precio del petróleo en los mercados de Asia y Europa, vino una fuerte caída tras el anuncio de Donald Trump en el sentido de suspender la orden de bombardear la infraestructura de generación eléctrica de Irán, a menos que este último deje pasar embarcaciones por el estrecho de Ormuz.

Dado que horas después Teherán puso en duda la aseveración de la Casa Blanca, referente a que se habían abierto canales de diálogo que llevarían a un fin del conflicto en el Medio Oriente, la aprehensión volvió a hacerse presente.

Por ello lo escépticos aseguran que falta tiempo antes de poder ver la luz al final del túnel y acabar con la incertidumbre.
Pero aún si todo este episodio termina siendo “una perturbación a corto plazo”, como aseguró ayer en Houston el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, muchos hablan de las repercusiones estructurales de esta crisis.

Así lo reflejan las reacciones al discurso del funcionario, por parte de quienes lo escucharon durante el arranque de CERA Week, descrita como la gran cumbre del sector de la energía.
Y es que cada vez más expertos y representantes de las industrias extractivas insisten en que el mundo no volverá a ser el mismo.

Semejante afirmación va mucho más allá de cómo se comporten los precios en los meses por venir en reacción a un faltante que es mayor con cada día que pasa.

Dos temas centrales forman parte de la llamada “futurología”. El primero atañe a la necesidad de diversificar las fuentes de suministro con el fin de no poner demasiados huevos en la misma canasta y lograr dispersar el riesgo a la vuelta de unos años.

Por ejemplo, es conocido que, aparte de la falta de una oferta adecuada de hidrocarburos, el mundo comienza a sufrir ante la escasez de derivados.

Así ocurre con la gasolina de avión o los compuestos que permiten fabricar fertilizantes. Incluso el helio, que es clave para la manufactura de microprocesadores, depende de que exista suficiente provisión de gas natural.

Debido a esa circunstancia, ya se comienza a hablar de una reorganización geográfica de instalaciones fabriles que eviten tales cuellos de botella.

La discusión abarca también al transporte marítimo, pues su bien los supertanqueros o los enormes buques de contenedores hacen sentido por ser más eficientes al mover mucha más carga en un solo viaje, pueden inmovilizarse con más facilidad.

De ahí que algunos aboguen por el retorno de embarcaciones más ágiles y de menor tamaño. Así mismo aparecen quienes aseguran que los dolores de cabeza actuales terminarán por acelerar el uso de opciones distintas al petróleo y el gas a la hora de generar electricidad.

El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, se ha hecho notar al decir que su país entra esta difícil coyuntura de mucha mejor manera que sus vecinos europeos, gracias a que cerca de dos terceras partes de los kilovatios que requieren los consumidores ibéricos vienen de plantas eólicas y solares.

Si esa impresión se acaba generalizando el proceso de transición energética tendría una nueva aceleración nacida, no tanto de los avances tecnológicos y el ánimo de diversificar la canasta de opciones, sino de la necesidad.

No dejaría de ser una gran ironía que el tire y afloje armado por dejar fluir el petróleo acabe, a la larga, precipitando una utilización menor de los combustibles fósiles, algo que no parece interesarle a Irán o sus vecinos, ni mucho menos a Estados Unidos.

Jaime Pumarejo Heins

 


Artículo basado en información de portafolio.co

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