El presidente Petro insiste en que la inflación en Colombia se explica principalmente por un choque de oferta asociado a los alimentos y al clima y que puede enfrentarse con subsidios, crédito dirigido y restricciones a ciertas exportaciones.
El problema es que esa lectura solo ve una parte del fenómeno, al omitir las presiones internas persistentes que el Banco de la República y analistas han venido identificando y que ya pasan factura al crecimiento y a la inversión.
Por eso no sorprende que Fedesarrollo haya recortado su proyección de crecimiento para 2026 de 2,9% a 2,6%.
El ajuste confirma una economía sostenida principalmente por el consumo, mientras el agro, la industria y la construcción pierden dinamismo en un contexto de política monetaria restrictiva.
La inflación tampoco da tregua.
En febrero de 2026 se ubicó en 5,29% y ya completa más de cuatro años y medio por encima del rango meta. Con expectativas por encima de 6% al cierre del año, la normalización monetaria sigue lejana, y ese encarecimiento del dinero, sumado al impuesto al patrimonio, la incertidumbre política y los mayores costos laborales, seguirá afectando la inversión, que Fedesarrollo estima que apenas crecerá 1,2% en 2026, después de ubicarse en 16% del PIB en 2025, su nivel más bajo en dos décadas.
Por eso no conviene confundir las causas de la inflación con respuestas apresuradas. En su intervención del 7 de abril, el presidente Petro reiteró que el alza de precios proviene de choques externos y climáticos concentrados en el precio de los alimentos, por lo que subir la tasa solo enfría la economía sin atacar el problema de raíz.
Frente a ese panorama, el presidente propone subsidios, crédito dirigido al agro, acelerar la reforma agraria, restricciones a ciertas exportaciones como la carne y apoyos públicos al mejoramiento de vivienda.
Varias de esas medidas podrían aliviar costos y contener parte de la inflación de alimentos sobre el papel. Pero tienen dos límites: su ejecución no sería inmediata y, aun funcionando, solo atacarían una fracción del problema.
Para la mayoría de la Junta del Banco de la República y para muchos analistas, la inflación no responde solo a choques de oferta.
También refleja presiones persistentes en el precio de los servicios, los efectos de la indexación salarial, expectativas desancladas y una demanda aún no ajustada del todo.
El problema ya no está solo en los alimentos; se instaló en el núcleo de la economía y amenaza la credibilidad sobre la convergencia de los precios.
Es claro que las medidas planteadas por el Presidente no corrigen la inflación de servicios, no resuelven la indexación al salario mínimo, no anclan expectativas y no responden a la preocupación del Banco sobre el exceso de demanda.
Peor aún, un programa amplio de crédito subsidiado al agro podría terminar estimulando aquello que la política monetaria busca moderar.
A eso se suma otro riesgo. Intervenir exportaciones o alterar las señales de mercado puede deteriorar la confianza de los inversionistas, afectar las decisiones empresariales y aumentar la incertidumbre regulatoria cuando la economía necesita lo contrario.
En economía, gobernar con una lectura parcial casi siempre conduce a soluciones insuficientes. Las narrativas políticas sirven para atribuir culpas, no para corregir problemas. Por ahora, ni estas medidas ni la amenaza de una nueva tributaria o de otra emergencia económica parecen estar a la altura del desafío que enfrenta la economía colombiana.
JAIME PUMAREJO HEINS
Artículo basado en información de portafolio.co



