Lo que ocurra en este paso estratégico en el marco de un conflicto que se dilata puede afectar seriamente al mundo entero.
Teherán ha advertido que podría impedir el paso de buques por ese corredor marítimo en represalia por los bombardeos. Así las cosas, incluso sin un bloqueo total, las señales de alarma ya están encendidas. La reducción del tránsito de petroleros en la zona ha comenzado a reflejarse en los mercados energéticos, con un aumento de los precios del crudo que amenaza con trasladarse rápidamente a las economías de todo el orbe.
Pero la energía es apenas una parte del problema. Alrededor de un tercio de los fertilizantes que se transportan por vía marítima pasan por ahí. Una interrupción prolongada de ese flujo tendría efectos inmediatos sobre la producción agrícola en muchos países que dependen de estos insumos. Conviene recordar que el gas natural es un insumo esencial para fabricar fertilizantes, de modo que incluso naciones con capacidad productiva propia se verían afectadas por el encarecimiento de esta materia prima.
Así mismo, numerosos procesos industriales dependen de insumos y materias primas cuyo comercio igualmente tiene al estrecho de Ormuz como punto de paso obligado. Desde la petroquímica hasta la fabricación de microprocesadores, el funcionamiento de múltiples cadenas productivas podría resentirse.
Parece claro que el relevo en la cúpula del régimen no dará pie a un viraje moderado, sino a una apuesta por la continuidad y la radicalización.
Y todo esto con un trasfondo político complejo. La guerra no parece precipitar un colapso del violento régimen iraní, donde ya se produjo la designación de un nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá fallecido en los bombardeos. Su llegada al poder, respaldada por la Guardia Revolucionaria y acompañada por manifestaciones masivas de apoyo en Teherán, da indicios de haber reforzado la narrativa de resistencia frente a la presión externa. Parece claro ya que el relevo en la cúpula del régimen no dará pie a un viraje moderado sino, más bien, a una apuesta por la continuidad y la radicalización.
Para Washington, el riesgo es evidente. Una estrategia militar que buscaba debilitar decisivamente a Teherán podría terminar enfrentándose a un régimen que, aunque golpeado, aún conserva importantes herramientas de presión geopolítica y represión interna.
Volviendo a Ormuz, Estados Unidos ha prometido garantizar la apertura de ese paso marítimo para evitar que se desencadene una crisis económica internacional. Pero asegurar ese objetivo en medio de una guerra como esta no es cosa fácil. La historia reciente del Medio Oriente demuestra que los conflictos que parecen acotados pueden escalar con rapidez y generar efectos que van mucho más allá del campo de batalla.



