La advertencia sobre la deuda pública no es una discusión técnica reservada a expertos en finanzas. Es, en realidad, una señal política y económica de primer orden: cuando el Estado empieza a financiarse más caro y eso no para, no solo se deteriora su balance, sino que también se estrecha su capacidad de gobernar.
Ese es el mensaje de fondo que deja la función de advertencia de la Contraloría sobre el manejo del endeudamiento nacional. El problema no radica únicamente en que las tasas de los TES hayan alcanzado niveles altos, tanto en el corto como en el largo plazo.
Lo verdaderamente preocupante es que ese mayor costo del dinero coincide con operaciones de canje que empeoran las condiciones de financiamiento y trasladan una carga pesada hacia los próximos años.
El resultado es conocido: más presupuesto comprometido en intereses y menos margen para invertir en aquello que mueve el crecimiento.
Y como el déficit fiscal y la percepción de riesgo terminan reflejándose en el precio que el mercado exige para prestarle al Gobierno, el país entra en una espiral en la que cada desajuste sale más caro que el anterior.
Cuando el servicio de la deuda absorbe una porción cada vez mayor del gasto total, la rigidez fiscal deja de ser una advertencia y se convierte en una realidad.
Cada peso que se dirige a honrar obligaciones financieras es un peso que no llega a infraestructura, programas sociales o políticas de desarrollo.
En un país con rezagos estructurales y necesidades acumuladas, esa sustitución del gasto productivo por gasto financiero termina siendo una forma silenciosa de empobrecimiento
. A ello se suma un inventario de presiones que agrava el cuadro: deudas en salud, obligaciones por medicamentos, subsidios pendientes, fallos judiciales exigibles y compromisos gigantescos con las víctimas.
Ninguno de esos frentes admite improvisación. Todos reclaman caja. Todos compiten por recursos escasos. Y todos revelan lo mismo: las finanzas públicas están perdiendo flexibilidad.
Colombia necesita algo más que administrar urgencias. Requiere una corrección de fondo que ordene ingresos y gastos, recupere credibilidad y frene la tendencia de endeudarse cada vez peor. Persistir en el actual rumbo no solo encarece el presente: hipotecará el futuro del Estado.
JAIME PUMAREJO HEINS
Artículo basado en información de portafolio.co



