El ‘alivio’ relativo de febrero obedeció a un comportamiento atípico en la gasolina y en la energía eléctrica.
Hace unos días, el Dane reportó para febrero una variación mensual de precios de 1,08%, por debajo del 1,26% que, en promedio, esperaban los analistas consultados por el Banco de la República, y una inflación anual de 5,29%, prácticamente igual a la de febrero de 2025, pese al inesperado aumento del salario mínimo de 23,7%
No es que Colombia haya retomado la estabilidad de los precios. La lectura correcta es que se evitó un titular más dramático debido a un comportamiento atípico en esta época del año en el precio de los energéticos que forman parte de la canasta familiar.
A diferencia de los dos años anteriores, cuando el bloque de energéticos empujaba la inflación al alza en esta época del año -con una variación anual de 25,94% en febrero de 2024 y de 4,05% en febrero de 2025-, en febrero de 2026 ese mismo componente registró una caída anual de 2,73%
Por tanto, la explicación no está en una corrección estructural de la canasta, sino en que dos rubros relevantes, gasolina y electricidad, jugaron esta vez a favor. Por ejemplo, la gasolina pasó de $16.057 por galón el primero de enero a $15.073 el primero de marzo, una caída acumulada del 6,13%, mientras que la electricidad registró en febrero una variación mensual de -1,23% y anual de -4,91%.
Un comportamiento que no se observaba desde hacía muchos años. Pero esta dinámica no neutraliza el impacto inflacionario del inesperado y desbordado aumento del salario mínimo, que sigue presionando en los rubros de la canasta donde era previsible encontrarlo: educación, transporte urbano, restaurantes y hoteles, arriendos, servicio doméstico y otros servicios intensivos en trabajo.
No estamos ante una corrección estructural de la inflación o una desaceleración, sino ante una compensación transitoria que moderó un dato agregado que de por sí es malo.
La pregunta ahora es si ese alivio en el precio de los energéticos puede sostenerse. En caso de que el Gobierno Nacional decida aumentar nuevamente el precio de la gasolina -en un contexto de conflicto en Irán que ha disparado el precio de los energéticos- o si el precio de la energía eléctrica pierde la dinámica descendente que hoy le dan los embalses llenos, el país volverá a enfrentar con más claridad una presión inflacionaria que por ahora solo ha sido aplazada, en un contexto en el que las expectativas siguen lejos de estar ancladas.
La encuesta del Banco de la República mantiene para diciembre de 2026 una expectativa de inflación entre 6,2% y 6,5%, muy por encima de la meta.
El mercado, además, no está interpretando el dato de febrero como una puerta abierta a una rápida normalización monetaria y sigue anticipando una tasa de intervención superior a la vigente.
Para empresarios, inversionistas y ciudadanos, el mensaje es claro: el costo del dinero seguirá alto por más tiempo, el crédito continuará caro y la inversión seguirá operando bajo una tasa de descuento exigente.
Eso seguirá afectando la competitividad, postergará decisiones productivas y deteriorará la confianza en un momento en que el país necesitaría, justamente, más inversión, más productividad y una mejor ejecución.
La inflación de febrero evitó un peor titular. Pero cuando el alivio depende de factores transitorios, el problema no se resuelve: apenas se aplaza.
Jaime Pumarejo Heins
Información extraída de: https://www.portafolio.co/opinion/editorial/la-inflacion-aplazada-489783



