La matrícula que se viene

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La caída acelerada de los nacimientos ya dejó de ser un asunto a largo plazo. Su primer gran impacto se verá en el sistema educativo, en la educación inicial, el preescolar y la primaria a partir de este año.

El reto ya no será sólo mejorar la calidad, sino reorganizar un sistema con cada año menos niños y más presión por la eficiencia en el gasto.
La magnitud del cambio que debemos enfrentar impresiona por su velocidad.

Los nacimientos pasaron de 642.000 a 433.000 entre 2019 y 2025, una caída de 32,5% en apenas seis años. Si se compara con lo ocurrido entre 2008 y 2019, cuando la reducción fue cercana a 10%, queda claro que el país entró en una fase mucho más intensa de contracción demográfica.

La señal es todavía más fuerte al observar la tasa general de fecundidad. El indicador pasó de 70 a 50 nacimientos por cada 1.000 mujeres en edad fértil entre 1998 y 2019, y luego cayó a 30,9 en 2025. Lo que antes tomó cerca de dos décadas ahora ocurrió en apenas seis años.

Dentro de ese cambio hay una noticia positiva. La fecundidad cayó con fuerza en los grupos de edad de 10 y 19 años. Al mismo tiempo, el grupo con mayor fecundidad dejó de ser el de 20 a 24 años y pasó a ser el de 25 a 29 años.

Eso sugiere más postergación de la maternidad, menos maternidad temprana y mejores condiciones para romper ciclos de pobreza.
Pero ese avance convive con una realidad más amplia. El Dane ya proyecta que la población de 0 a 14 años disminuirá de 25,2% en 2018 a 13,6% en 2050, mientras que la de mayores de 60 años aumentará de 13,2% a 24,6%.

La transición hacia un país más envejecido ya comenzó, pero su primera expresión no estará en el sistema pensional ni en el aparato productivo, sino en la caída de la matrícula escolar.

Ese es el punto que todavía no estamos discutiendo con mayor profundidad. La matrícula en transición, que hoy ronda los 715.000 estudiantes y la de primaria, que se acerca a los 4 millones, es en donde se empezará a verse el efecto de cohortes cada vez más pequeñas.

Los jardines infantiles, la educación inicial y primaria serán los primeros en recibir ese ajuste durante esta misma década.
Además, dado que cerca del 80% de los 9,5 millones de estudiantes del sistema escolar se encuentran en instituciones oficiales, el ajuste recaerá primero en la gestión pública territorial.

Municipios y departamentos tendrán que administrar una red diseñada para una mayor presión demográfica, revisar los recursos atados a la matrícula y convertir esta transición en una oportunidad para mejorar la calidad educativa y la eficiencia del gasto.
Por eso conviene recordar que la buena política pública consiste en aprovechar las situaciones estructurales.

Un estudio del CEDE, de Uniandes, ha advertido que este cambio que estamos viviendo puede facilitar la cobertura universal en preescolar, fortalecer la formación docente y mejorar las trayectorias educativas.

Menos niños no deberían significar menos ambición, sino una oportunidad para cerrar brechas en la primera infancia y elevar la calidad de la educación básica.
Como ha advertido McKinsey, las economías emergentes todavía tienen margen en la transición demográfica, pero necesitan volverse más ricas antes de que esta se consolide.

En Colombia, ese margen no empieza en el sistema pensional, sino en las aulas de transición y primaria. La pregunta es si vamos a usar esta coyuntura para construir un sistema educativo mejor o si, una vez más, dejaremos que el futuro nos encuentre improvisando.

Jaime Pumarejo Heins

 


Artículo basado en información de portafolio.co

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