MÁS QUE DIAGNÓSTICOS, la situación eléctrica del país debería llevar a salidas técnicas viables que eviten lo casi inevitable: que el país tenga un racionamiento eléctrico en cualquier momento y no solo al final del próximo verano. La situación es más delicada de lo que se cree: Colombia estuvo a punto de programar racionamientos el 28 y 29 de septiembre, no porque faltara agua en los embalses, que estaban cerca del 80%, sino porque la capacidad disponible de generación llegó a igualar la demanda. El problema ya no es únicamente hidrológico. Es, sobre todo, de confiabilidad y de planeación.
La respuesta no puede ser esperar que el próximo verano sea menos severo. Tampoco convertir cada alerta en una disputa ideológica entre energías renovables y convencionales. La prioridad debe ser pragmática.
Primero, garantizar combustible para las plantas térmicas, porque serán la principal defensa frente a un eventual déficit hídrico. Segundo, acelerar las obras de transmisión que hoy generan restricciones y demanda no atendida. Tercero, destrabar la conexión de proyectos solares y de generación distribuida que pueden aportar energía en las horas de mayor consumo. Cuarto, tener programas permanentes de eficiencia energética para industrias, comercios y hogares, especialmente en periodos críticos. Y quinto, crear incentivos regulatorios –que funcionen– para que nuevas inversiones entren al sistema con mayor rapidez y certidumbre.
El verdadero riesgo no es que los embalses bajen del 30%, sino que el país siga operando con márgenes cada vez más estrechos mientras la demanda continúa creciendo y los proyectos se demoran. Un fenómeno de El Niño no se puede evitar, pero un racionamiento sí. Para lograrlo, Colombia necesita menos discursos y más capacidad instalada, más redes y más previsión de largo plazo.
Artículo basado en información de portafolio.co



