Nos volvimos caros

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El índice Big Mac cumple 40 años. The Economist lo creó en Londres en 1986, como experimento casi humorístico: si una hamburguesa idéntica se vende en todas partes, la diferencia de precios revela qué monedas están caras y cuáles baratas. Cuatro décadas después, el indicador que irritó a los bancos centrales acaba de emitir sobre Colombia su diagnóstico más severo. En la edición de julio, la Big Mac colombiana cuesta $25.900, unos ocho dólares. Es la cuarta más costosa del planeta, detrás de Suiza, Uruguay y Noruega.

Conviene medir la distancia recorrida. En enero de 2022, la misma hamburguesa valía $12.950 con un dólar a $3.942. Colombia ocupaba el puesto 37 entre 56 países y el peso era la moneda más subvaluada de América Latina, 34,8% por debajo de su paridad. Cuatro años y medio después estamos en el cuarto lugar entre 54, con el peso 28,7% sobrevalorado. El precio en pesos se duplicó exacto; en dólares subió 144%. La inflación acumulada del período bordea el 45%. Ahí está lo que suele perderse en el debate cambiario.

Una Big Mac no se importa. Es carne colombiana, pan colombiano, arriendo colombiano, energía colombiana, mano de obra colombiana y transporte colombiano. El índice no mide solamente la tasa de cambio: mide cuánto cuesta producir un bien estandarizado dentro del país. Por eso la versión ajustada por ingreso per cápita, que corrige la comparación por el nivel de desarrollo, deja al peso 63,6% sobrevalorado, segundo en el continente después del uruguayo.

En 2022 esa misma medición nos daba 8% subvaluados: un viraje de 72 puntos. Tenemos precios nórdicos con salarios de renta media. La aritmética interna lo confirma. El salario mínimo subió 23% y llegó a dos millones de pesos con auxilio de transporte; con la jornada de 42 horas. Bancolombia calcula que el costo por hora avanzó 27,75%. La carne de res se encareció 14,37% anual. Restaurantes y hoteles lideran la inflación con 9,53%, frente a un total de 6,03% anual a julio. Traducido a dólares, el costo mensual de un trabajador con salario mínimo pasó de 402 dólares en agosto pasado a 640 hoy. Un salto del 59% en 12 meses sin un solo punto de productividad ganado.

Quien decide dónde poner una planta, un centro de servicios, un hotel o una operación logística no compara pesos: compara dólares. La costa Caribe compite con el México, Costa Rica y República Dominicana. Cartagena cotiza contra Punta Cana. A ese encarecimiento se suma el recargo arancelario de 12,5% sobre las exportaciones colombianas a EE. UU. La ventana del nearshoring no se cierra por decreto sino por lista de precios.

De ahí se desprende la única agenda sensata. La tasa nominal no la fija el Gobierno: responde a una tasa de intervención de 12% contra una inflación de 6,03% anual a julio, un diferencial real que atrae capital de corto plazo. Pero el tipo de cambio real tiene dos componentes y el segundo, el nivel de precios interno, sí está al alcance. Ahí caben las tarifas de energía y gas, los fletes portuarios y viales, los costos no salariales de la nómina y la fricción aduanera. The Economist hizo el argumento inverso para China: en vez de mover la tasa nominal, mover los precios. Nuestra operación es simétrica y más difícil, porque abaratar cuesta reformas que no caben en un decreto.

El nuevo equipo económico tiene una meta verificable que no depende del mercado cambiario. Si en enero, cuando salga la próxima edición del índice, la hamburguesa colombiana sigue entre las cinco más caras del mundo, el diagnóstico habrá sido correcto y la respuesta insuficiente. Hace 40 años el indicador nació como una broma. Dejó de serlo cuando Colombia llegó al podio.

Jaime Pumarejo Heins


Artículo basado en información de portafolio.co

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