¿Revaluación a la fuerza?

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La caída del dólar desalienta inversiones y amenaza empleos formales en sectores intensivos en mano de obra.

La abrupta caída del dólar a niveles cercanos a $3.500 ha encendido alarmas en el aparato productivo. Aunque para algunos el fenómeno trae un respiro temporal -importaciones más baratas, menor presión inflacionaria y cierto alivio sobre la deuda externa- lo cierto es que el país enfrenta un proceso de revaluación guiado no por fortaleza estructural, sino por factores transitorios que distorsionan el mercado cambiario y golpean de lleno a los exportadores.

El detonante proviene de las emisiones de deuda externa que, al monetizarse, inundan de dólares un mercado estrecho. El efecto inmediato es claro: la tasa de cambio se aprecia con una velocidad que supera la capacidad de reacción de las empresas. Se trata de capital de corto aliento que mejora la liquidez del Gobierno, pero que reduce la competitividad de sectores que dependen del tipo de cambio para sobrevivir.

Hay que sumar la incertidumbre por la discusión sobre una eventual repatriación obligatoria de recursos pensionales invertidos en el exterior. El rumor de esa posibilidad ha ampliado la expectativa de mayor oferta de divisas, empujando aún más a la baja el precio del dólar y aumentando la vulnerabilidad del sistema de ahorro.

Convertir esos portafolios en fuente de financiación interna es atractivo en el papel, pero sacrificaría diversificación y eleva riesgos sistémicos. Los gremios ya advierten señales preocupantes: la apreciación del peso comprime márgenes, desalienta nuevas inversiones y amenaza empleos formales en sectores intensivos en mano de obra.

Mientras los costos laborales y fiscales continúan al alza, la rentabilidad exportadora cae, especialmente en bienes no minero-energéticos como café, flores y manufacturas. Incluso sectores tradicionalmente fuertes enfrentan pérdidas por simple efecto cambiario, sin que sus costos puedan ajustarse al mismo ritmo. Este choque genera un deterioro en los precios relativos que encarece producir en Colombia frente a competidores externos.

La sustitución de producción nacional por importaciones más baratas se vuelve una tentación creciente, con riesgos de desindustrialización y pérdida de tejido empresarial. A largo plazo, reconstruir mercados internacionales abandonados por falta de competitividad será mucho más difícil que sostenerlos. ¿Qué hacer? Lo primero es restablecer una senda fiscal creíble.

Menor dependencia de la deuda, mayor disciplina en el gasto y un esfuerzo serio por mejorar el recaudo sin castigar la formalidad son pasos urgentes para estabilizar expectativas y reducir la presión cambiaria. Y debe descartarse cualquier repatriación forzada de recursos pensionales, pues interferir con la lógica técnica de inversión aumentaría la volatilidad.

En el frente micro, se requiere desplegar instrumentos que protejan al exportador del choque: coberturas asequibles, ventanillas anticíclicas para pymes, devolución acelerada de impuestos y alivios de costos en sectores transables estratégicos. La competitividad también pasa por logística, infraestructura, energía y financiamiento: puertos descongestionados, contratos energéticos estables y crédito de largo plazo son condiciones indispensables para sostener la producción orientada al mundo.

El país no puede conformarse con un dólar barato artificialmente. Una moneda fuerte sin fundamentos sólidos es un espejismo que oculta fragilidades y posterga decisiones estructurales. La ruta no es abaratar el dólar a punta de deuda, sino construir capacidades que permitan competir sin depender del vaivén cambiario. Actuar hoy evita cicatrices futuras.
JAIME PUMAREJO HEINS
Información extraída de: https://www.portafolio.co/opinion/editorial/revaluacion-a-la-fuerza-486367
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