El pasado mes de marzo dejó un dato que golpea el bolsillo de los hogares y que le incomoda al gobierno Petro: la inflación mensual fue 0,78%, por encima de lo que esperaba el consenso (0,67%) y el dato la anual volvió a acelerarse a 5,56% desde 5,29%.
No es un rebote menor: es la lectura más alta desde septiembre de 2024 y muestra que el costo de vida se mueve con una amplitud que no conviene a una economía que ya lleva años lejos de la meta del Banco de la República.
El detalle es muy inquietante por donde se le mire: Diez de las doce clasificaciones monitoreadas por el Dane subieron en marzo, con avances generalizados casi que en todos los rubros.
Dos grupos explicaron cerca del 60% del aumento: alojamiento y servicios públicos -con alzas en electricidad, recogida de basura, administración de copropiedades, arrendamientos- y alimentos, con incrementos continuos en frutas, tomate, cebolla y carne.
Cuando el alza se reparte entre techo, servicios básicos y el plato de la comida, no hay margen para relativizarla.
A esto se suma el regreso de varias canastas de servicios a tasas anuales de doble dígito, justamente en actividades intensivas en mano de obra: lavanderías, servicio doméstico con lecturas superiores al 13%, restaurantes y transporte público en grandes ciudades, con inflaciones superiores al 10% en el último año.
En el agregado, los servicios marcan 6,8% anual, una de las más altas de los últimos meses, y el diagnóstico apunta a un factor clave: el aumento de los costos salariales que está asumiendo la economía.
Los alivios fueron puntuales.
Hubo retrocesos por la reducción de la gasolina -un efecto que probablemente no se repita en abril tras el incremento asociado a la coyuntura de conflicto en Irán- y por el respiro en licores, luego de presiones de impuestos iniciales ligadas a los decretos de emergencia económica.
Pero con presiones extendidas, el problema no se resuelve con dos renglones a la baja.
En paralelo, el contexto internacional no ayuda. La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, advirtió que los bancos centrales “deben estar preparados” para subir su tasa de política monetaria y endurecer políticas si la guerra en Irán genera presiones inflacionarias, en un entorno golpeado por la oferta global de hidrocarburos.
El llamado es a mantenerse alerta y evitar que la inflación se descontrole”, sin caer en un endurecimiento prematuro que arroje un jarro de agua fría sobre el crecimiento.
Una lectura conjunta es inevitable: si a nivel interno la inflación vuelve a tomar tracción y por fuera los riesgos energéticos pueden reavivarla, la política económica no puede darse el lujo de sumar combustible al fuego.
Por ejemplo, DaviBank proyecta aceleraciones más continuas y una inflación cercana a 6,3% hacia final de año, en una economía con demanda robusta.
Bajo este escenario, el Banco Central podría encontrar señales para subir tasas y llevarlas más allá del 12%, buscando que el consumidor prefiera ahorrar antes que consumir.
El dilema es conocido: tasas más altas encarecen el crédito y aprietan hogares, aunque mejoran la remuneración del ahorro formal. Pero el mensaje de fondo es más duro: después de cinco años sin cumplir la meta, las previsiones apuntan a que sea difícil lograrla también en 2026 y 2027.
Al mismo tiempo, con cada decisión que eleve costos -en servicios y salarios- el impacto se amplifica.
La inflación no es solo un indicador; es un impuesto regresivo. Y cuando se acelera desde adentro mientras el mundo advierte riesgos desde afuera, la señal de alerta ya no es preventiva: es urgente.
JAIME PUMAREJO HEINS
Artículo basado en información de portafolio.co



