El mercado laboral de los jóvenes sigue siendo un problema estructural en Colombia. Si bien la tasa de desempleo entre los jóvenes de 15 a 28 años ha bajado en los últimos años, estamos lejos de una solución de fondo.
El país sigue con una ocupación juvenil estancada, un volumen demasiado alto de jóvenes por fuera del estudio y del trabajo y una brecha territorial y de género que termina frenando productividad, inclusión y crecimiento.
La última medición del Dane para el trimestre diciembre de 2025 a febrero de 2026 muestra que el desempleo baja, pero el empleo no despega. La tasa de desempleo juvenil llegó a 16,5%, 0,3 puntos menos que en el mismo trimestre del año anterior, después de haber estado en 18,7% en el trimestre diciembre de 2022 a febrero de 2023.
Además, el número de jóvenes ocupados fue de 5,07 millones, 37.000 menos que un año atrás, mientras la tasa de ocupación se mantiene estática alrededor de 46% y la tasa global de participación cayó a 55,2%, 0,3 puntos menos que un año atrás.
La geografía del empleo juvenil también muestra que el problema no es homogéneo territorialmente.
Mientras que Medellín registra una tasa de ocupación de 53,6%, Villavicencio de 52,8% y Bogotá de 51,1%. En el otro extremo, Quibdó apenas alcanza una ocupación juvenil de 25%, y en ciudades del Caribe como Valledupar, Sincelejo, Santa Marta y Riohacha la ocupación se mueve entre 31% y 35%.
Los cambios recientes en el mercado laboral de los jóvenes no provienen de un salto fuerte en la ocupación, sino de una combinación de menor presión demográfica y menor participación laboral.
El problema de fondo es que el país no está incorporando a los jóvenes a la velocidad que exige una economía que necesita más talento, más productividad y mayor capacidad de adaptación.
El dato que mejor revela la dimensión del problema está en los 2,6 millones de jóvenes que no estudian ni están ocupados, equivalentes a uno de cada cuatro jóvenes.
Se trata de colombianos que han quedado por fuera de la educación y el trabajo. Eso significa menos acumulación de capacidades, menos ingresos presentes, menos experiencia laboral futura y una base más débil para la movilidad social.
Además, la brecha de género agrava ese rezago.
De esos 2,6 millones de jóvenes desconectados, cerca de dos tercios son mujeres (1,7 millones, frente a 912 mil hombres), lo que reproduce inequidad, limita la autonomía económica de millones de hogares en el presente y en el futuro y sacrifica capacidad de crecimiento del país.
Por eso, el millón de jóvenes desempleados, y los 2,6 millones que no estudian ni están ocupados necesitan una solución estructural. La respuesta no puede ser un programa simbólico ni una consigna generacional.
Se requiere una estrategia masiva de transición entre educación y trabajo, con formación laboral pertinente, bilingüismo, facilidades reales para que las empresas contraten jóvenes, con foco especial en mujeres y una política territorial que priorice las ciudades donde el rezago es más severo.
Dejar esta situación en manos de la demografía y el azar nos va a costar caro. El país necesita menos discurso vacío sobre la juventud y más capacidad para integrarla al presente. Eso exige soluciones concretas y masivas que transformen la vida de millones de jóvenes y la de sus familias.
Colombia no puede seguir administrando el rezago juvenil como si fuera una estadística más. Si no incorporamos a millones de jóvenes al estudio y al trabajo, le estamos cerrando el futuro al país.
JAIME PUMAREJO HEINS
Artículo basado en información de portafolio.co



