Socios, no bandos

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La cumbre de la semana pasada en Washington entre Donald Trump y Xi Jinping dejó más protocolo que acuerdos. Los dos gobiernos pactaron rebajar aranceles sobre US$60.000 millones en bienes no sensibles, la mitad en cada dirección, y extender la tregua comercial hasta el 10 de enero. No fijaron calendario para aplicar los recortes, y las diferencias sobre semiconductores y tierras raras siguen donde estaban. Aun así, la señal importa. Las dos mayores economías del mundo compiten con dureza, pero ninguna puede permitirse dejar de negociar con la otra.

En julio, un agente autónomo basado en un modelo de OpenAI vulneró los sistemas de Hugging Face, una de las grandes plataformas de inteligencia artificial de Estados Unidos. Las salvaguardas de los modelos estadounidenses bloquearon la investigación del ataque, porque no distinguían entre defenderse y atacar, y la empresa terminó resolviéndolo con GLM-5.2, un modelo abierto de la china Zhipu AI. En salud, según la Farmacopea de Estados Unidos, 41% de las materias primas de los principios activos aprobados en ese país sale solo de China.

Joshua Cooper Ramo, exvicepresidente de Kissinger Associates, lo explica en su libro Darwin’s Lock con una idea tomada de la biología. Especies que evolucionan en el mismo entorno terminan atadas por la cooperación, no por afecto, sino porque es la única forma de sobrevivir. Estados Unidos y China crecieron durante cuatro décadas dentro del mismo sistema, y hoy cada intento de uno por debilitar al otro acaba por afectarlo también. Por eso falla la analogía con la Guerra Fría. Washington y Moscú apenas comerciaban.

La objeción es seria. La interdependencia es un instrumento de presión, y China la usa con las tierras raras como Washington con los semiconductores. Pero corregir unas pocas dependencias críticas es muy distinto de desmontar el vínculo entre ambas economías. Lo sensato es gestionarlo, diversificar donde la exposición sea inaceptable y no sacrificar, solo para mostrar firmeza, lo que conviene a ambos.

Colombia vive su propia versión de ese dilema. Estados Unidos es su principal comprador y China, su principal proveedor. Entre enero y julio, según el Dane, EE. UU. recibió 28,4% de las exportaciones, unos US9.234millones,mientras las compras a China sumaron US13.254 millones, 28,8% del total, con un alza de 24,9%. China, en cambio, ni siquiera figura entre los siete primeros destinos. El déficit comercial del periodo se elevó a US$11.042 millones, casi una cuarta parte más que un año antes.

Esa asimetría incomoda, y no faltará quien proponga escoger bando. Sería un error caro. Floricultores, cafeteros y buena parte de la industria viven del mercado estadounidense, mientras comerciantes y fabricantes se abastecen de maquinaria, insumos y vehículos chinos que abaratan la inversión y el consumo. El empresariado colombiano, como un todo, necesita a los dos.

Al nuevo Gobierno y a los gremios les corresponde aplicar en casa esa interdependencia gestionada. Eso pasa por cuidar la relación con Washington sin cerrarle la puerta a Pekín. Y por seguir de cerca lo que pactan las dos potencias, porque eso reacomoda mercados en los que Colombia compite.

El compromiso chino de comprar al menos 10 millones de toneladas anuales de carbón estadounidense en 2027 y 2028 es una advertencia para la minería nacional. Colombia no tiene que elegir entre sus dos grandes socios. Tiene que aprender a negociar con ambos.

 


Artículo basado en información de portafolio.co

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