La probabilidad de que el fenómeno de El Niño se instale con fuerza entre mayo y julio pasó del 62% al 82% en pocos días. No es un rumor: es la señal del Ideam, del Ministerio de Ambiente y de la NOAA. Y, sin embargo, Colombia sigue mirando el horizonte como si la sequía fuera a detenerse sola.
Ya sabemos lo que viene. Los ríos bajarán. Las bocatomas de los acueductos quedarán en el aire. Los incendios forestales, que hoy suman decenas de municipios bajo alerta, especialmente en La Guajira y el Magdalena, se multiplicarán. La ganadería se estresará. Los cultivos perderán rendimiento.
Todo eso tiene un nombre que los colombianos conocemos bien: inflación y pérdidas multimillonarias. Una inflación que esta vez no llegará sola: llegaría con apagones.
Colombia llega a este El Niño en una posición frágil.
La generación hidroeléctrica, columna vertebral del sistema, es precisamente la que más sufre con la sequía. Las termoeléctricas necesitan gas. Y el gas, por decisiones equivocadas de varios gobiernos, agravadas por la ideología de este, lo estamos importando más caro. A eso se suman líneas de transmisión varadas por burocracia y proyectos de generación atrapados en trámites que nadie ha tenido la voluntad de desatorar.
El Minminas debe sentarse esta semana con cada generador y cada transmisor, que no son muchos, a revisar qué capacidad puede acelerarse y qué restricciones normativas pueden flexibilizarse de emergencia. Hay que explorar la mayor capacidad de generación de urgencia y tenerla en standby. Levantar ya las restricciones para instalar generación temporal cerca de los centros de consumo: medidas reversibles, de bajo costo relativo, con impacto inmediato en los momentos pico. Otros países lo han hecho. Colombia también puede.
En materia agrícola, uno de los errores más costosos que podemos cometer es satanizar el consumo de agua del campo. Los agricultores y ganaderos no son el enemigo de la sequía: son sus primeras víctimas. Si los abandonamos ahora, el costo lo pagamos todos en la góndola del supermercado. El acompañamiento al campo debe comenzar hoy: crédito expedito para mejorar captaciones y reservorios, apoyo técnico para optimizar el riego, coberturas para reducir pérdidas.
Sumado a esto, Colombia tiene un problema crónico: combate los incendios forestales sin estrategia y con helicópteros que cuestan mucho más operarlos, llegan más tarde y son menos efectivos que aviones cisterna especializados. Se ha dicho por más de una década y, aún así, seguimos llegando tarde y ahora con menos helicópteros.
Si no existe aún, debe instaurarse un comité permanente de emergencia: Ministerios de Minas, Agricultura, Ambiente, Interior y sector privado. No para reunirse, sino para destrabar, punto por punto, lo que esté bloqueando la respuesta. Si se requiere legislación expedita, que el Congreso también se arremangue.
Este gobierno no es reconocido por su capacidad de ejecución. Pero El Niño no negocia plazos ni espera que se resuelvan disputas ideológicas. Aunque los efectos más devastadores lleguen en el próximo gobierno, el legado de cómo se enfrentó, o se evadió, pertenece a este. De ese juicio histórico no hay salvación.
Colombia necesita recordar algo que parece haberse olvidado: que los problemas grandes se resuelven en equipo, con sentido de urgencia, sin miedo a ejecutar, a equivocarse y a corregir rápido. Que a veces hay que flexibilizar normas sin romper principios. Que el enemigo no es el trámite en sí, sino la parálisis que produce cuando se convierte en un fin y no en un medio. El Niño es inevitable. Su devastación, no. Hay mucho por hacer. El reloj ya está corriendo.
Artículo basado en información de portafolio.co



