¿Todos locos?

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El método de la propaganda totalitaria de hace un siglo se ha multiplicado en nuestro tiempo gracias a las “redes sociales”.

El hecho político más importante del siglo XX fue la invención, la irrupción, más bien, de la radio, que ya venía de finales del siglo XIX en su fase experimental y de puro descubrimiento, pero que justo a partir de 1919 empieza a masificarse para que a través de sus ondas —esa hermosa figura física— circulen todo tipo de ‘contenidos’, como se dice ahora, desde una sinfonía hasta un debate científico, desde una obra de Shakespeare hasta un partido de fútbol.

No es solo una coincidencia el primer gran auge de la radio, desde 1920, con el de los totalitarismos que devoraron a Europa en esa misma década y la llevaron al desastre, al abismo de la Segunda Guerra Mundial. De no haber sido por ese prodigioso instrumento que hacía que la voz viajara por el aire como por arte de magia y a toda velocidad, es muy probable que no hubieran surgido, no así, por lo menos, ni el nazismo ni el fascismo ni el bolchevismo.

¿Por qué? La respuesta es obvia: la radio permitió que el mensaje de esos movimientos, su doctrina, la voz atronadora de sus ideólogos y caudillos, se expandieran con tal eficacia y rapidez que allí surgió un nuevo oráculo: una nueva forma de seducir y persuadir a las masas, embelesadas por ese sonido que parecía provenir de ultratumba, con todo lo sagrado que hay en una voz que no se ve, y que acaso por esa razón operaba como una revelación.

Lo han dicho todos los autores que se han ocupado del tema de la alienación totalitaria y caudillista, el fanatismo político, la enajenación y la anulación del individuo: sin la radio ese fenómeno no habría sido posible. Eso fue lo que logró la propaganda (basta leer a Hannah Arendt, George Orwell, Ernst Nolte, etcétera): que la gente empezara a vivir en una “realidad alternativa”, una ficción alimentada por su ideología.

Una cantidad abrumadora de gente empieza a albergar y a atizar la ficción, la ilusión (en el verdadero sentido de la palabra) de que su candidato, que perdió las elecciones, fue el que las ganó.

Ese método de la propaganda totalitaria de hace un siglo se ha multiplicado en nuestro tiempo gracias a las llamadas “redes sociales”, por eso no es gratuito que hoy se hable del “ciberpopulismo”: este mundo absurdo en el que vivimos y en el que los desvaríos de los caudillos y sus sectas, sus aterradoras turbas, se imponen como una verdad inobjetable para quienes creen en ellos como un acto de fe, aun cuando la realidad los contradiga de manera flagrante.

Pasó en los Estados Unidos y en Brasil hace cuatro años y está pasando ahora en Colombia, donde una cantidad abrumadora de gente empieza a albergar y a atizar la ficción, la ilusión (en el verdadero sentido de la palabra) de que su candidato, que perdió las elecciones, fue el que las ganó. Es lo que Azorín, uno de los mayores prosistas de nuestra lengua, llamaba una “paparrucha”: un disparate, una falacia, un delirio que puede ser colectivo.

Ahí cabe por supuesto la pregunta: ¿son todos unos orates? ¿Son todos unos idiotas? Algo de eso habrá, claro, pero son demasiados. La respuesta es más compleja, sin desestimar la omnipresencia de la estupidez humana, porque en últimas eso es lo que produce el fanatismo: un estado de alucinación permanente, una guerra constante y cínica contra la realidad. Muchos de los que repiten esos embustes saben que lo son y no les importa.

¿Por qué? Por cálculo político y estratégico, por pura adhesión sectaria y de partido. Y cuando eso se hace evidente, entonces viene el ‘colapso narcisista’ de los caudillos: la imposición enloquecida de su ego y su vanidad por encima de todo. En Colombia ya vivimos esa experiencia, en los años 30 y 40 del siglo pasado, con consecuencias catastróficas, porque esa fue una de las causas de “La Violencia”: la guerra civil no declarada entre liberales y conservadores.

Lo increíble (o no) es que hoy reproduzcan ese modelo quienes hasta la víspera se autoproclamaban la salvación contra el fascismo.


Artículo basado en información de eltiempo.com

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