La reducción del desempleo suele interpretarse como una señal inequívoca de que la economía avanza. Sin embargo, detrás del dato positivo del último año se esconden tendencias que obligan a un análisis más profundo. El más reciente informe de Asocajas, sobre afiliación a las cajas de compensación familiar, deja una advertencia clara: el mercado laboral colombiano está creciendo por caminos muy distintos a los que históricamente han impulsado la formalización y el desarrollo productivo.
Durante el primer trimestre de 2026, los afiliados dependientes aumentaron apenas 1,6%, mientras que los independientes crecieron 11,3%, una velocidad siete veces superior, pero con una participación marginal. Más llamativo aún es que parte importante del crecimiento de los afiliados dependientes estuvo asociada al empleo público.
La discusión no es si más personas están trabajando. Cualquier oportunidad de ingreso tiene valor para un país con tantos desafíos sociales. El problema es que la calidad del empleo también importa. Una economía sólida necesita empresas que inviertan, innoven y contraten trabajadores bajo esquemas formales que garanticen estabilidad, protección social y mayores niveles de productividad. Cuando el crecimiento se concentra en trabajadores independientes y pequeñas unidades productivas, la lectura debe ser más cautelosa.
Por años, Colombia ha convivido con una de las tasas de informalidad más altas de América Latina. Por eso resulta preocupante que, mientras las estadísticas de ocupación muestran avances, los datos de afiliación revelen un mercado laboral donde la formalidad pierde dinamismo. El riesgo es evidente: celebrar una caída del desempleo mientras se debilita el empleo formal puede llevar a diagnósticos equivocados y a políticas públicas insuficientes.
Hay otro dato relevante: el aumento en el número de aportantes al sistema fue superior al crecimiento de los afiliados dependientes, lo que sugiere que la expansión provino principalmente de hogares empleadores, microempresas y pequeños negocios. Es una noticia positiva en términos de inclusión al sistema, pero también evidencia que el tejido empresarial de mayor escala sigue sin convertirse en el gran motor de generación de puestos de trabajo formales.
Y a ello se suma el efecto del fuerte incremento del salario mínimo. Según Asocajas, el ajuste modificó la distribución de los afiliados entre categorías de ingreso y provocó que muchos trabajadores que antes pertenecían a categorías superiores fueran reclasificados en la categoría más baja del sistema. Este fenómeno podría afectar el equilibrio redistributivo sobre el cual opera el sistema de compensación familiar, llevando a las cajas a desembolsar más subsidios.
La principal enseñanza es que el país no puede conformarse con una lectura superficial del mercado laboral. El verdadero indicador de progreso no es únicamente cuántos empleos se crean, sino qué tan formales, productivos y sostenibles son. Una economía que depende cada vez más del trabajo independiente y menos de la expansión empresarial corre el riesgo de perpetuar la baja productividad, la vulnerabilidad de ingresos y la limitada protección social.
El país necesita recuperar las condiciones para que las empresas vuelvan a contratar con confianza y para que crecer sea más atractivo que ser pequeño. La formalidad no es una estadística secundaria; es el puente entre empleo y desarrollo. Ignorar las señales de las cajas de compensación sería confundir movimiento con progreso. Y el país ya ha aprendido, más de una vez, que los espejismos económicos suelen desvanecerse cuando se ven de cerca.
Artículo basado en información de portafolio.co



