El dólar cerró junio en Colombia con una caída mensual del 6,5%. En 2025 el peso se había revaluado más de 14% y extiende la tendencia. Llama la atención que ocurra justo cuando el dólar se fortalece en el resto del mundo: la Reserva Federal mantiene tasas altas por más tiempo, el DXY ronda las 101 unidades y la devaluación del yen confirma la demanda defensiva.
Colombia es la excepción, y conviene explicar por qué. Mientras Brasil, México, Chile y Perú acercaron su inflación a la meta y ya bajan o estabilizan tasas, la nuestra se aceleró a 5,84% en mayo, la lectura más alta desde agosto de 2024. El Banco de la República respondió el 30 de junio con un alza de 75 puntos básicos, hasta 12%, cuando la región afloja.
Los capitales de corto plazo persiguen el mejor diferencial frente a Estados Unidos, y esa brecha crece aquí justo cuando se achica en los vecinos: una entrada de dólares que conviene leer con cautela, porque no refleja solidez estructural sino una prima que el país paga por su propio desorden fiscal.
La causa no es un misterio. El déficit primario del Gobierno, el balance fiscal sin contar intereses, cerró 2025 en 3,5% del PIB, el peor registro en tres décadas fuera de una crisis, según el Comité Autónomo de la Regla Fiscal.
El déficit total, que sí incluye intereses, cerró en 6,4% del PIB, frente a una meta de 5,1% del PIB. Esa brecha entre lo prometido y lo ejecutado alimenta la demanda interna y obliga al Emisor a una política más restrictiva que la de sus vecinos.
A eso se suma un segundo factor, más técnico. El Gobierno ejecutó operaciones activas de manejo de deuda, incluidos canjes, recompras y operaciones con derivados que modifican necesidades de financiamiento, vencimientos y flujos de divisas. Son decisiones de tesorería, pero añaden una capa de movimiento cambiario ajena a los fundamentos de la economía real.
El problema de fondo es otro. Fondos de pensiones y grandes inversionistas internacionales llevan años señalando que, más allá del riesgo jurídico y de seguridad, la volatilidad del peso les impide planear a largo plazo.
No hablamos de capital especulativo, sino de inversión productiva que financia proyectos empresariales y genera empleo formal, y que a menudo no llega porque en el exterior no saben cómo se comportará la moneda a varios años, y cubrirse por ese plazo resulta prohibitivo.
El mercado local de coberturas no resuelve el problema: solo cerca del 17% de las empresas colombianas usan forwards cambiarios, según el Banco de la República, y los plazos largos son escasos y costosos.
No se trata de resucitar la banda cambiaria que el Emisor defendió sin éxito hasta 1999, sino de abaratar instrumentos que ya existen: forwards, opciones y collares. Colombia tiene el precedente: el Ministerio de Agricultura, vía Finagro, ha subsidiado (aunque sigue siendo costoso y poco usado) hasta 60% de la prima de cobertura a exportadores agrícolas.
Ese principio, ampliado a otros sectores y plazos, con respaldo de fondos multilaterales como TCX, que ya cubre infraestructura en la región a más de veinte años, costaría una fracción de los empleos y proyectos que apalancaría.
La volatilidad, más que el nivel del dólar, es lo que hoy enreda la planeación de miles de empresas importadoras y exportadoras. Un dólar caro se puede presupuestar. Uno impredecible, no. Colombia no necesita un peso barato ni uno fuerte. Necesita uno que se pueda anticipar: tarea del próximo Gobierno, pero también del empresariado que exige reglas claras.
JAIME PUMAREJO HEINS
Artículo basado en información de portafolio.co



