En un entorno global incierto y con un crecimiento interno que va a paso lento, estos recursos siguen llegando con una regularidad que no pasa desapercibida.
Sin embargo, este buen panorama esconde una realidad menos cómoda: aunque entran más dólares, a los hogares les rinden menos en pesos, como consecuencia de varios factores.
El flujo mantiene una fortaleza notable y confirma que las remesas ya no son un fenómeno coyuntural, sino un componente estructural de la balanza externa y del ingreso de miles de familias.
Su estabilidad mensual contrasta con la volatilidad de otros ingresos de divisas y les da un papel de amortiguador macroeconómico. En muchas regiones, además, sostienen el consumo básico y alimentan la actividad comercial en momentos de debilidad del empleo y del ingreso local.
El crecimiento se ha moderado y difícilmente volverá a los ritmos de años anteriores. Parte de la explicación está en un efecto base alto, y parte en la desaceleración de las economías donde trabajan los migrantes.
A eso se suma un factor que golpea directamente el bolsillo: la apreciación del peso. El resultado es simple y preocupante: por cada dólar enviado, los hogares reciben menos capacidad de compra.
Este detalle no es menor. Menos pesos en el bolsillo de los hogares implican menor consumo y un impacto más limitado sobre la actividad económica local.
En un país que necesita reactivar la demanda interna, depender de un ingreso externo que pierde fuerza real es una señal de alerta para quienes dirigen la política económica.
Las remesas seguirán siendo un pilar, pero no deben convertirse en una zona de confort. Son el reflejo del esfuerzo de millones de colombianos fuera del país, y no una solución estructural.
Artículo basado en información de portafolio.co



