Durante décadas las empresas compitieron por capital, escala, acceso a mercados y capacidad de producción. Ganaban quienes tenían más activos, más empleados, más sucursales o más músculo financiero. Todo eso sigue importando, pero cada vez menos. Hoy la verdadera ventaja competitiva es otra: la velocidad.
Velocidad para entender los cambios del mercado.
Velocidad para adoptar nuevas tecnologías. Velocidad para tomar decisiones. Velocidad para aprender de los errores y corregir el rumbo. En un mundo donde la información circula en tiempo real y la innovación avanza a un ritmo sin precedentes, la empresa más rápida suele terminar superando a la más grande.
Alex Singla, socio senior de McKinsey, lo resumió en una frase contundente: “La velocidad es muchas veces una estrategia en sí misma. Quienes corren más rápido ganarán con el tiempo”. La afirmación parece sencilla, pero describe una de las transformaciones más profundas del mundo empresarial moderno.
La inteligencia artificial es quizás el mejor ejemplo.
Según McKinsey, más de siete de cada diez organizaciones ya utilizan inteligencia artificial generativa en al menos una función de su negocio. Sin embargo, la verdadera diferencia no está entre quienes tienen acceso a la tecnología y quienes no. La diferencia está entre quienes logran incorporarla rápidamente a sus procesos y quienes continúan analizándola desde la distancia mientras esperan el momento perfecto para actuar.
Lo mismo ocurrió con internet, el comercio electrónico, la computación en la nube y los teléfonos inteligentes. Jeff Bezos ha insistido durante años en que la velocidad importa en los negocios. No porque garantice el éxito, sino porque la lentitud casi siempre garantiza la pérdida de oportunidades.
Cada decisión aplazada, cada proyecto congelado y cada innovación pospuesta tiene un costo que rara vez aparece en los estados financieros, pero que termina reflejándose en la pérdida de relevancia.
El desafío es particularmente importante para América Latina. La región lleva décadas enfrentando un problema persistente de productividad.
Mientras otras economías avanzan aceleradamente en digitalización, automatización y adopción tecnológica, muchas empresas latinoamericanas siguen concentradas en administrar la escasez, controlar costos y sobrevivir a la incertidumbre.
Colombia no es la excepción. La discusión económica suele centrarse en tasas de interés, déficit fiscal o coyunturas políticas. Todos son temas relevantes.
Sin embargo, detrás de ellos hay una pregunta más importante: ¿estamos construyendo empresas capaces de adaptarse al ritmo que exige el mundo? La velocidad no significa improvisación. Significa desarrollar organizaciones capaces de aprender continuamente, de experimentar, de corregir errores rápidamente y de tomar decisiones sin quedar atrapadas en interminables ciclos de análisis y burocracia.
Satya Nadella, quien lideró la transformación de Microsoft, impulsó una filosofía sencilla: dejar de ser una organización que cree saberlo todo para convertirse en una organización que aprende constantemente.
Durante años se dijo que los grandes se comerían a los pequeños.
Hoy es cada vez más evidente que los rápidos se están comiendo a los lentos. El riesgo para muchas empresas colombianas no es que aparezca un competidor con más capital o más tamaño. Es que aparezca uno capaz de aprender, innovar y ejecutar más rápido.
En una economía que necesita crecer más, invertir más y generar más empleo, esa velocidad ya no es una ventaja opcional. Es una condición para seguir siendo relevante.
JAIME PUMAREJO HEINS
Artículo basado en información de portafolio.co



